martes 29 de noviembre de 2011
Geología de la Merga (Ubrique)
El pasado domingo realicé una encantadora ruta senderista que, partiendo de la localidad gaditana de Ubrique, ascendía hasta la Nava de la Merga y el puerto de Aguas Nuevas, en Benaocaz, para descender luego al punto inicial de partida por la calzada romana que desciende paralela al río Ubrique.
Después de llevar tantos años ligado a la gestión de emergencias y en particular a los riesgos naturales, los paisajes kársticos como éste se convierten en una especie de enciclopedia natural sobre geología y sismicidad. Durante el ascenso a la Merga —nombre que toma la pared de una falla que impresiona por sus 90 metros de escarpe— ya se podían observar preciosas formaciones de lapiaces o, mejor dicho, microlapiaces, que son pequeños surcos lineales marcados en la roca caliza por la erosión provocada por impacto de las gotas de lluvia y su deslizamiento continuo sobre la superficie.
La caliza no es soluble en agua, pero cuando entra en contacto con el ácido carbónico fruto de la mezcla del agua de lluvia con el anhídrico carbónico presente en el aire ambiente se convierte en un material soluble y, por tanto, se desgasta, creando formaciones realmente curiosas y atractivas.
Un poco más arriba del camino se llega a la Merga, ese sorprendente plano de falla del que hablaba al principio. Aquí nos encontramos con una falla "normal", con un formidable buzamiento (ángulo de inclinación), prácticamente vertical, donde el bloque de techo se ha hundido dejando unos grandes canchales en los que se han acumulado cantidades considerables de derrubios o, para hacerlo terminológicamente más llano, "escombreras" de rocas calizas.
Los "arañazos" que han quedado marcados en la enorme pared de la Merga son claros indicios del desgarre generado por el deslizamiento de los dos planos de la falla, dejando a la vista las tonalidades rojizas de la arcilla que todavía no ha sido arrastrada hasta el valle por influencia de la lluvia. Parece obvio que esta formación rocosa tuvo lugar en la orogénesis, aunque los terremotos no son infrecuentes en la proximidades de Ubrique.
Y por último están las diaclasas, que son las fisuras y grietas que afloran en la inmensa pared, que imitan a las fallas, pero que no han sufrido desplazamiento de un plano respecto del otro. Las diaclasas que se observan en la siguiente foto tienen una dirección horizontal.
En definitiva, ha sido una experiencia muy instructiva que me ha aproximado más aún a los fenómenos naturales y a los riesgos que éstos comportan para el género humano.
Después de llevar tantos años ligado a la gestión de emergencias y en particular a los riesgos naturales, los paisajes kársticos como éste se convierten en una especie de enciclopedia natural sobre geología y sismicidad. Durante el ascenso a la Merga —nombre que toma la pared de una falla que impresiona por sus 90 metros de escarpe— ya se podían observar preciosas formaciones de lapiaces o, mejor dicho, microlapiaces, que son pequeños surcos lineales marcados en la roca caliza por la erosión provocada por impacto de las gotas de lluvia y su deslizamiento continuo sobre la superficie.
La caliza no es soluble en agua, pero cuando entra en contacto con el ácido carbónico fruto de la mezcla del agua de lluvia con el anhídrico carbónico presente en el aire ambiente se convierte en un material soluble y, por tanto, se desgasta, creando formaciones realmente curiosas y atractivas.
Un poco más arriba del camino se llega a la Merga, ese sorprendente plano de falla del que hablaba al principio. Aquí nos encontramos con una falla "normal", con un formidable buzamiento (ángulo de inclinación), prácticamente vertical, donde el bloque de techo se ha hundido dejando unos grandes canchales en los que se han acumulado cantidades considerables de derrubios o, para hacerlo terminológicamente más llano, "escombreras" de rocas calizas.
Los "arañazos" que han quedado marcados en la enorme pared de la Merga son claros indicios del desgarre generado por el deslizamiento de los dos planos de la falla, dejando a la vista las tonalidades rojizas de la arcilla que todavía no ha sido arrastrada hasta el valle por influencia de la lluvia. Parece obvio que esta formación rocosa tuvo lugar en la orogénesis, aunque los terremotos no son infrecuentes en la proximidades de Ubrique.
Y por último están las diaclasas, que son las fisuras y grietas que afloran en la inmensa pared, que imitan a las fallas, pero que no han sufrido desplazamiento de un plano respecto del otro. Las diaclasas que se observan en la siguiente foto tienen una dirección horizontal.
En definitiva, ha sido una experiencia muy instructiva que me ha aproximado más aún a los fenómenos naturales y a los riesgos que éstos comportan para el género humano.
sábado 26 de noviembre de 2011
Apocalypse, de Amos Nur
Acabo de terminar de leer el libro de Amos Nur "Apocalypse: Earthquakes, Archaeology and the Wrath of God", escrito en 2008 y publicado exclusivamente en lengua inglesa.
Es un trabajo realmente sorprendente que gira sobre una pregunta central: ¿muchas de las ciudades de la Antigüedad fueron demolidas e incendiadas por guerreros invasores, o fueron tal vez víctimas de destructores terremotos? Es una cuestión bien planteada, ya que después de un fuerte terremoto es habitual la generación de incendios, principalmente en el interior de los edificios. Uno de los casos más extremos fue quizá el terremoto de Kanto (Japón), en 1923.
En mis tiempos de carrera universitaria se hablaba mucho de los terribles "Pueblos del Mar", que se dedicaron a destruir palacios minoicos y micénicos para luego saquearlos y abandonarlos sin llegar a ocuparlos en ninguna ocasión. Entonces me hacía la misma pregunta que Nur: "¿Para qué destruir los palacios hasta sus cimientos? ¿Para qué malgastar tanto tiempo y esfuerzo? ¿No bastaba con expoliarlos? ¿Adónde irían tan cargados? Si vinieron del mar, ¿por qué no sabemos nada de los barcos que los transportaron desde sus lugares de origen hasta el destino de sus saqueos?".
Arthur Evans (1851-1941) ya sospechaba que el palacio cretense de Cnoso podía haber sido destruido por un terremoto alrededor de 1659 a.C. Otros casos posibles son: Qumran, en el Mar Muerto, hacia el 31 a.C; Petra, Jordania, en el 363 d.C.; Kurión, Chipre, 670 d.C.; Susita y Bet Shean, junto al Mar de Galilea, en el 749 d.C. ¿Fueron las murallas de Jericó derruidas por unas trompetas, o fueron resultado de un movimiento sísmico?
Pero lo que más me gusta del libro es su reflexión final;
"...la gente que vive en una zona sísmica tienden todavía a ignorar el riesgo. Incluso aquellos que saben que los terremotos en efecto suponen un peligro, parecen pensar que la catástrofe podrá esperar hasta que se puedan tomas las medidas de preparación que se han estado posponiendo. Quizá piensen que los seísmos son el menor de sus problemas y que estos podrían no ocurrir mientras se preocupan de sus guerras, sus sequías, sus divorcios o sus vacaciones".
Lectura recomendable y realmente fascinante.

Es un trabajo realmente sorprendente que gira sobre una pregunta central: ¿muchas de las ciudades de la Antigüedad fueron demolidas e incendiadas por guerreros invasores, o fueron tal vez víctimas de destructores terremotos? Es una cuestión bien planteada, ya que después de un fuerte terremoto es habitual la generación de incendios, principalmente en el interior de los edificios. Uno de los casos más extremos fue quizá el terremoto de Kanto (Japón), en 1923.
En mis tiempos de carrera universitaria se hablaba mucho de los terribles "Pueblos del Mar", que se dedicaron a destruir palacios minoicos y micénicos para luego saquearlos y abandonarlos sin llegar a ocuparlos en ninguna ocasión. Entonces me hacía la misma pregunta que Nur: "¿Para qué destruir los palacios hasta sus cimientos? ¿Para qué malgastar tanto tiempo y esfuerzo? ¿No bastaba con expoliarlos? ¿Adónde irían tan cargados? Si vinieron del mar, ¿por qué no sabemos nada de los barcos que los transportaron desde sus lugares de origen hasta el destino de sus saqueos?".
Arthur Evans (1851-1941) ya sospechaba que el palacio cretense de Cnoso podía haber sido destruido por un terremoto alrededor de 1659 a.C. Otros casos posibles son: Qumran, en el Mar Muerto, hacia el 31 a.C; Petra, Jordania, en el 363 d.C.; Kurión, Chipre, 670 d.C.; Susita y Bet Shean, junto al Mar de Galilea, en el 749 d.C. ¿Fueron las murallas de Jericó derruidas por unas trompetas, o fueron resultado de un movimiento sísmico?
Pero lo que más me gusta del libro es su reflexión final;
"...la gente que vive en una zona sísmica tienden todavía a ignorar el riesgo. Incluso aquellos que saben que los terremotos en efecto suponen un peligro, parecen pensar que la catástrofe podrá esperar hasta que se puedan tomas las medidas de preparación que se han estado posponiendo. Quizá piensen que los seísmos son el menor de sus problemas y que estos podrían no ocurrir mientras se preocupan de sus guerras, sus sequías, sus divorcios o sus vacaciones".
Lectura recomendable y realmente fascinante.

Cnoso, destruida por un terremoto en 1.650 a.C.
martes 30 de agosto de 2011
Visita a los polvorines del Rancho de la Bola
Ayer visité los polvorines del Rancho de la Bola, que están situados al pie de la Sierra de San Cristóbal, muy cerca de la población de El Portal, en Jerez de la Frontera. Allí fueron depositadas las 491 minas submarinas alemanas que sobrevivieron a la explosión sucedida el 18 de agosto de 1947 en las instalaciones de la Base de Defensas Submarinas de Cádiz, que dejó 150 muertos, más de 5.000 heridos y cientos de damnificados. Había quedado con Agustín García Lázaro, uno de los impulsores de la plataforma ciudadana que intenta recuperar estos terrenos para el ocio y disfrute de la sociedad civil, así como para la conservación histórica de lo poco que va quedando en pie de esta base militar. Algo idéntico es lo que pretende hacer en estos momentos mi buen amigo Miguel Ángel López Moreno con los polvorines de Fadricas, situados en la localidad de San Fernando. Espero que ambos tengan suerte y que el Ministerio de Defensa pase de la desidia a la cesión definitiva.
A bordo del coche de Agustín nos adentramos por el carril alquitranado de la entrada, donde cuando era más joven recuerdo que había un cartel con el nombre "Rancho de la Bola" sobre losetas cerámicas de color azul con las letras en blanco, que hace tiempo ha desaparecido. A escasos metros de la carretera general observamos a la derecha una pequeña alberca vacía y a la izquierda lo que fue la enfermería, la camareta de suboficiales y los sollados de marinería. La verdad es que casi nada ha quedado en pie.
Poco más adelante están los tres almacenes en que fueron depositadas las minas por primera vez en 1954: los número 4, 5 y 6. Antes de ahí habían estado dentro de las cuevas artificiales del Cerro de San Cristóbal, donde esperaron siete largos años a la lenta construcción de estos polvorines. Parece increíble que en cincuenta y siete años que han pasado desde entonces se encuentren en la deplorable situación actual, con techos semiderruidos, despojado de cualquier herraje metálico, expoliado de cualquier cosa que pudiera tener valor y convertido en corral de cabras de algún pastor de la zona que los ha convertido en una propiedad suya. En las imágenes siguientes puede comprobarse su triste evolución.
Frente a estos almacenes están los polvorines subterráneos, en los que se guardaba la pólvora y otro material sensible a salvo del calor y de la humedad. Son 5 estrechos túneles paralelos y comunicados entre sí, flanqueados por habitaciones donde se debieron almacenar los barriles de explosivos. El ambiente es muy fresco e incluso parece notarse una circulación de aire de un sistema de ventilación muy artesano. De hecho, sobre el talud de arena se pueden ver tres chimeneas por las que saldría el aire más cálido del interior.
Tras esta visita al Rancho de la Bola marchamos hacia lo alto del Cerro de San Cristóbal, donde había otra base militar del Ejército de Tierra. Dentro de este perímetro hay numerosas cuevas artificiales horadadas en la roca por maestros canteros, que han dejado en sus entrañas espacios realmente singulares y maravillosos, además de peligrosos por la posibilidad de derrumbes. En cuatro de ellas fueron alojadas provisionalmente las minas de Cádiz el 22 de agosto de 1947, cinco días después de la gran explosión. Una de ellas es la cueva de los Navarros, a la que nos dirigimos en primer lugar. Debió ser de las más grandes (de estas cuatro) y el refugio principal de las minas alemanas. Gran parte de una de las cúpulas areniscas se ha derrumbado y algunas entradas parecen haber sido cegadas intencionadamente por la mano del hombre.
Zona interior mejor conservada (sin derrumbes) de la cueva de los Navarros
Fotografía de José A. Aparicio Florido
Esta cueva de los Navarros me pareció mucho más pequeña de lo que yo esperaba, por lo que pensé que debía contar con otras entradas. Sin embargo no fue así. Dimos una amplia vuelta alrededor, pero no encontramos nada. Lo que sí observamos en el suelo fueron varios tubos de unos 15 cm de diámetro que salían del suelo y que daban la impresión de ser respiradores de alguna zona interior. Si es así, la cueva debía ser verdaderamente amplia, tal vez más de cuatro veces la parte que todavía se puede visitar.
Un camino interior nos conduce a una segunda cueva (y última de nuestra visita de ayer) denominada en los planos como D-5, cuyo acceso está totalmente cegado por espesas higueras y restos de derrubios. La protege una edificación abandonada de tipo almacén, con doble tabique exterior y una gruesa cámara de aire entre el revestimiento interior y exterior, con pequeños respiraderos en la parte superior. Parece sin duda el lugar en el que se debieron guardar espoletas, explosivos, fulminantes, multiplicadores y otros aparatos de fuego de las armas depositadas en las cuevas, que hasta 1954, como decimos, fueron las minas de Cádiz.
Quise ver también la cueva de los Pinos y la de Marina, que fueron las otras dos en las que estuvieron las minas de Cádiz, pero se hacía tarde y tampoco quise abusar de la bondad de mi acompañante. Lo dejaré para otra ocasión.
A bordo del coche de Agustín nos adentramos por el carril alquitranado de la entrada, donde cuando era más joven recuerdo que había un cartel con el nombre "Rancho de la Bola" sobre losetas cerámicas de color azul con las letras en blanco, que hace tiempo ha desaparecido. A escasos metros de la carretera general observamos a la derecha una pequeña alberca vacía y a la izquierda lo que fue la enfermería, la camareta de suboficiales y los sollados de marinería. La verdad es que casi nada ha quedado en pie.
Poco más adelante están los tres almacenes en que fueron depositadas las minas por primera vez en 1954: los número 4, 5 y 6. Antes de ahí habían estado dentro de las cuevas artificiales del Cerro de San Cristóbal, donde esperaron siete largos años a la lenta construcción de estos polvorines. Parece increíble que en cincuenta y siete años que han pasado desde entonces se encuentren en la deplorable situación actual, con techos semiderruidos, despojado de cualquier herraje metálico, expoliado de cualquier cosa que pudiera tener valor y convertido en corral de cabras de algún pastor de la zona que los ha convertido en una propiedad suya. En las imágenes siguientes puede comprobarse su triste evolución.
Frente a estos almacenes están los polvorines subterráneos, en los que se guardaba la pólvora y otro material sensible a salvo del calor y de la humedad. Son 5 estrechos túneles paralelos y comunicados entre sí, flanqueados por habitaciones donde se debieron almacenar los barriles de explosivos. El ambiente es muy fresco e incluso parece notarse una circulación de aire de un sistema de ventilación muy artesano. De hecho, sobre el talud de arena se pueden ver tres chimeneas por las que saldría el aire más cálido del interior.
Tras esta visita al Rancho de la Bola marchamos hacia lo alto del Cerro de San Cristóbal, donde había otra base militar del Ejército de Tierra. Dentro de este perímetro hay numerosas cuevas artificiales horadadas en la roca por maestros canteros, que han dejado en sus entrañas espacios realmente singulares y maravillosos, además de peligrosos por la posibilidad de derrumbes. En cuatro de ellas fueron alojadas provisionalmente las minas de Cádiz el 22 de agosto de 1947, cinco días después de la gran explosión. Una de ellas es la cueva de los Navarros, a la que nos dirigimos en primer lugar. Debió ser de las más grandes (de estas cuatro) y el refugio principal de las minas alemanas. Gran parte de una de las cúpulas areniscas se ha derrumbado y algunas entradas parecen haber sido cegadas intencionadamente por la mano del hombre.
Fotografía de José A. Aparicio Florido
Esta cueva de los Navarros me pareció mucho más pequeña de lo que yo esperaba, por lo que pensé que debía contar con otras entradas. Sin embargo no fue así. Dimos una amplia vuelta alrededor, pero no encontramos nada. Lo que sí observamos en el suelo fueron varios tubos de unos 15 cm de diámetro que salían del suelo y que daban la impresión de ser respiradores de alguna zona interior. Si es así, la cueva debía ser verdaderamente amplia, tal vez más de cuatro veces la parte que todavía se puede visitar.
Un camino interior nos conduce a una segunda cueva (y última de nuestra visita de ayer) denominada en los planos como D-5, cuyo acceso está totalmente cegado por espesas higueras y restos de derrubios. La protege una edificación abandonada de tipo almacén, con doble tabique exterior y una gruesa cámara de aire entre el revestimiento interior y exterior, con pequeños respiraderos en la parte superior. Parece sin duda el lugar en el que se debieron guardar espoletas, explosivos, fulminantes, multiplicadores y otros aparatos de fuego de las armas depositadas en las cuevas, que hasta 1954, como decimos, fueron las minas de Cádiz.
Quise ver también la cueva de los Pinos y la de Marina, que fueron las otras dos en las que estuvieron las minas de Cádiz, pero se hacía tarde y tampoco quise abusar de la bondad de mi acompañante. Lo dejaré para otra ocasión.
Visita el artículo de A. y J. García Lázaro en la web "Entorno a Jerez":
http://www.entornoajerez.com/2010/01/el-rancho-de-la-bola.html
http://www.entornoajerez.com/2010/01/el-rancho-de-la-bola.html
martes 15 de febrero de 2011
Planes de emergencias para personas discapacitadas
Nuestro compañero de IAEM, David S. Burns (CEM), nos acaba de dar a conocer que un tribunal federal de los Estados Unidos dictaminó el pasado viernes que la ciudad de Los Ángeles discrimina a las personas discapacitadas por el hecho de carecer de planes de emergencia específicos dirigidos a ellos en caso de desastre u otro tipo de emergencias. Esta decisión ha obligado a la ciudad y a sus autoridades a reunirse con los demandantes para desarrollar en el plazo de tres semanas un plan de emergencias que permita salvaguardar la vida de estas personas frente a cualquier catástrofe.
Me sorprende esta decisión judicial en comparación con la realidad que vivimos en nuestro país. Aquí, donde no todos los municipios o mancomunidades de municipios disponen de un Plan de Emergencias, donde muchos de los Planes Territoriales de Emergencias están verdaderamente desfasados, donde los Planes de Emergencia de Presas no han llegado a desarrollarse, donde nos faltan planes especiales para afrontar otros tipos de riesgos distintos y más modernos que los contemplados por una norma de 1992, ¿qué diría un tribunal? De momento parece que nos conformamos con la idea clásica de que aquí nunca pasa nada. Hasta el día que pase...
Me sorprende esta decisión judicial en comparación con la realidad que vivimos en nuestro país. Aquí, donde no todos los municipios o mancomunidades de municipios disponen de un Plan de Emergencias, donde muchos de los Planes Territoriales de Emergencias están verdaderamente desfasados, donde los Planes de Emergencia de Presas no han llegado a desarrollarse, donde nos faltan planes especiales para afrontar otros tipos de riesgos distintos y más modernos que los contemplados por una norma de 1992, ¿qué diría un tribunal? De momento parece que nos conformamos con la idea clásica de que aquí nunca pasa nada. Hasta el día que pase...
domingo 2 de enero de 2011
Nuevo año, nuevos desastres
El pasado 30 de diciembre me llevé un ligero sobresalto al recibir la alerta sísmica de un terremoto de 4,5º al SW de Rincón de la Victoria, en Málaga. Es lógico: no estoy acostumbrado a recibir ciertos temblores en determinados lugares de nuestra geografía. Además, hace tiempo que la tierra parece estar muy tranquila en todo el planeta después de los terremotos de Sumatra, Haití y Chile. Japón nos dio hace poco otro pequeño sustillo con un terremoto de 7,2º que quedó en nada. Mis compañeros me llamaron preocupados por la generación de un nuevo tsunami. Nada de nada.
Pero el día 1 de enero de 2011, apenas nueve horas después de entrar el nuevo año, recibí otro terremoto de 6,9º a unos 150 km de Santiago del Estero, Argentina. El Servicio Geológico de los Estados Unidos lo localizó a más de 400 metros de profundidad, lo que me tranquilizó bastante y, de hecho, muy pocos medios se hicieron eco de este temblor. Sin embargo me impresionó saber que ocurrió en una provincia limítrofe a la de La Rioja, e inevitablemente me hizo recordar la "profecía de Tasuku". La sombra de Haití estuvo cerca.
Hoy, un día después, recibo una nueva notificación de otro terremoto de 6,9º frente a las costas de Chile, bajo el mar, cerca de la localidad de Timuco. En esta ocasión no ha pasado nada, lo que no ha impedido que cientos de personas de la Araucanía, en concreto de Tirúa y Puerto Saavedra, salieran huyendo hacia sitios más elevados. La prevención siempre es un acierto.
Me pregunto cuánto queda para el siguiente suceso; cuál será la siguiente catástrofe. Ésta sin duda ocurrirá, aunque no sabemos ni el día ni la hora, como diría mi buen amigo José Manuel. Así que conviene estar preparados para sufrirla... o al menos para colaborar en ella.
Pero el día 1 de enero de 2011, apenas nueve horas después de entrar el nuevo año, recibí otro terremoto de 6,9º a unos 150 km de Santiago del Estero, Argentina. El Servicio Geológico de los Estados Unidos lo localizó a más de 400 metros de profundidad, lo que me tranquilizó bastante y, de hecho, muy pocos medios se hicieron eco de este temblor. Sin embargo me impresionó saber que ocurrió en una provincia limítrofe a la de La Rioja, e inevitablemente me hizo recordar la "profecía de Tasuku". La sombra de Haití estuvo cerca.
Hoy, un día después, recibo una nueva notificación de otro terremoto de 6,9º frente a las costas de Chile, bajo el mar, cerca de la localidad de Timuco. En esta ocasión no ha pasado nada, lo que no ha impedido que cientos de personas de la Araucanía, en concreto de Tirúa y Puerto Saavedra, salieran huyendo hacia sitios más elevados. La prevención siempre es un acierto.
Me pregunto cuánto queda para el siguiente suceso; cuál será la siguiente catástrofe. Ésta sin duda ocurrirá, aunque no sabemos ni el día ni la hora, como diría mi buen amigo José Manuel. Así que conviene estar preparados para sufrirla... o al menos para colaborar en ella.
domingo 1 de agosto de 2010
La tragedia de Duisburg
Artículo publicado en la sección "La Tribuna" en los periódicos del Grupo Joly el 31 de julio de 2010
Leyendo las noticias sobre el terrible suceso de Duisburg (Alemania), en el que han muerto veinte personas arrolladas por una avalancha humana durante un macroconcierto al aire libre, parece claro que los medios de comunicación y la opinión pública en general han acuñado definitivamente un nuevo término a caballo entre el incidente y la catástrofe, que es la “tragedia”. La expresión procede de la antigua literatura griega, concretamente del drama, que siempre tiene como base argumental la inútil lucha contra el destino individual y colectivo, salpicada de una gran dosis de “hybris” o soberbia humana. El resultado de todo ello es la fatalidad, que aparece en escena en el último momento con la muerte de sus principales actores. Así ha ocurrido en el Love Parade, un festival musical iniciado en 1989, donde este año han perdido la vida innecesariamente 21 jóvenes en un episodio dantesco que se ha ido fraguando lentamente con el tiempo y que nadie ha sido capaz de evitar.
La tragedia se desencadenó a consecuencia de una desmesurada concentración de público en un lugar que, según los primeros indicios, carecía del suficiente espacio físico para albergar a tanta gente, que no reunía las condiciones de seguridad mínimas aceptables, que no contaba con un plan de autoprotección, que no disponía de un dispositivo de emergencias y control proporcional a la afluencia de público y que había obviado todos los supuestos accidentales que podían derivar en una situación de emergencia colectiva. Un millón y medio de personas consumiendo toda clase de géneros, desde el alcohol al más puro merchandaising, parece ser una razón de peso para cualquier gobierno municipal. Y cuando se impone esta razón, lo demás se convierte en un cruzar de dedos. Ocurre en todas partes, no solo en las grandes discotecas de Asia. Pero el alcalde de Duisburg, Adolf Sauerland, niega la mayor, es decir, su responsabilidad en el siniestro, una postura tan habitual como poco sorprendente en un dirigente político.
Ahora nadie ostenta el poder; ni el alcalde, ni las autoridades de Renania, ni el gobierno alemán. El poder de controlar y regular los actos públicos, el poder de haber evitado el desastre. Nos quieren hacer creer que el poder lo tenían los organizadores, que la responsabilidad era exclusivamente de ellos, aunque a la hora de la verdad para poner un puesto de frutas en la calle exijan el permiso de venta ambulante, el de ocupación de la vía pública, el de manipulación de alimentos, el de sanidad, el de autónomo... Para reunir a un millón de clientes mejor no poner obstáculos y dejar al empresario que se organice solo. Lo importante es el negocio.
A hechos consumados, la policía y los bomberos han empezado a filtrar a la prensa la existencia de informes internos que trataban de impedir lo que al parecer todos preludiaban. Pero sus advertencias escritas ya no tienen utilidad alguna, salvo para esquivar su parte de culpa al grito de sálvese quien pueda. Los que estaban fuera del ámbito de la Administración —organizaciones profesionales, periodistas y expertos—, que no dispusieron a tiempo de los documentos que ahora exhiben estos cuerpos, tampoco han tenido oportunidad de evitarlo mediante la denuncia pública. Y ante el desconocimiento de estos y el mutismo disciplinado de aquellos, llegó el turno de los complacientes, el de quienes contando con toda la información sobre su mesa no quisieron contravenir al Alcalde, o a sus intereses políticos o partidistas, en su empeño de celebrar un evento donde no podía ser de ninguna manera. Los complacientes son el coro que canta y baila en la “párodos” de cualquier tragedia: el concejal de fiestas, el concejal de seguridad ciudadana y protección civil, el primer teniente de alcalde, inspectores, jefes de servicio, puestos de libre designación… Los complacientes son los que tratan de hacer posible lo imposible, por los medios que sea, saltándose sus propias reglas si hace falta. Los complacientes son aquellos que por prevalecer en un puesto de confianza buscan un informe para tapar otro, contando con que lo que no sale bien acaba difuminándose o prescribiendo; aquellos que no tienen escrúpulos en justificar una aglomeración de decenas de miles de personas en un pueblo diminuto, sin infraestructuras, sin hospitales cercanos ni carreteras amplias y rápidas que permitan una evacuación inmediata, como ha ocurrido en algunos puntos de España de nuestro pasado reciente.
Entiendo que la percepción de la sociedad sobre los acontecimientos de Duisburg no sea la de una catástrofe, a pesar del impacto social causado a nivel internacional, a pesar de tratarse de un suceso extraordinario e incontrolado (no incontrolable), de su origen súbito y espontáneo, de haber saturado a los servicios de emergencia ordinarios. No es “catástrofe” precisamente la palabra que más se ha escuchado en estos días. Pero dejémoslo en “tragedia” con matices. Porque la soberbia de un alcalde no puede marcar los destinos humanos ni éste puede aferrarse a la fatalidad cuando de él y de su corte de complacientes emana el poder.
lunes 19 de julio de 2010
Las profecías de Tasuku
El pasado 21 de abril recibí un curioso y extraño correo electrónico de un tal Tasuku, que comenzaba diciendo así: "Estimado señor: soy un famoso físico de Japón". Tuve la intención inicial de borrarlo automáticamente; primero porque estaba escrito en inglés y segundo porque no procedía de ninguno de los círculos y listas de distribución por los que suelo recibir correos de este tipo y en este idioma. Pero al leer a continuación la frase "I can forecast the disaster, I watch TV and predict" (puedo prever el desastre, veo la televisión y pronostico), vi que aquello prometía y decidí arriesgarme a ser contagiado por un virus de los miles que cabalgan por internet. Esto último no ocurrió, y me dio pie a tratar el tema de los "friquis", falsos profetas, oportunistas, organizaciones "fantasma" y supuestos científicos locos que desde hace algún tiempo pululan en el campo de la gestión de emergencias, en cuyo general desconocimiento han encontrado un extraordinario caldo de cultivo y un lugar del que sacar beneficios y protagonismo. Algo de esto ocurrió con Gioacchino Giampaolo Giuliani, quien científico o alquimista, creyó haber predecido el terremoto de L'Aquila del 6 de abril de 2009 un mes antes de su acaecimiento. Aun en este caso, lejos de parecer un perturbado, tampoco resultó demasiado creíble.
Volviendo al ejemplo de Tasuku, sus visiones me hablaban de un "gran terremoto" en la mitad occidental de Argentina, con epicentro en Puerto Alegre, provincia de La Rioja, que habría de ocurrir ese mismo día. "Veo la televisón" --insiste--, "encuentro en ella las señales". Pura paronoia... Lo cierto es que el 12 de abril de 1899 se produjo un terremoto de 6,4º de magnitud, que dejó importantes daños y un elevado número de víctimas en la ciudad de Jagüé, y otro el 7 de junio de 1977 de mucha menor intensidad, que apenas tuvo repercusión. Los locos están locos, pero no tienen por qué estar mal documentados. Como aquel día Tasuku parece que estaba en racha, aprovechó ese mismo correo para vaticinar también un tsunami en Norteamérica, concretamente en Yakutat, Alaska, que vendría provocado por un gran sismo localizado en el Océano Pacífico. A estas alturas creo que queda claro que se trata de una fantasía delirante, sobre todo cuando asegura que "puedo separar mi cuerpo multidimensional... lo sé todo". Obviamente, ninguna de las dos catástrofes tuvieron lugar.

No conforme con sus profecías iniciales, el pasado 14 de julio este Tasuku volvió a enviarme un segundo correo en el que terminaba de vaciar su mente paranoica. Comienza reiterando aquello de "veo la televisión y pronostico". A este "poder" visual lo llama "predicción por imagen". Pero confiesa que en su correo anterior erró las fechas de ocurrencia. "Le envié un correo anteriormente. Predije que los terremotos ocurrirían. Pero aún no ha sucedido. Entonces me equivoqué... No soy bueno acertando las fechas". Ahora cree que tanto el tsunami de Alaska como el terremoto de La Rioja ocurrirán en agosto o septiembre próximos. En el caso de Alaska, sitúa ahora el epicentro en la bahía de Alaska, lo cual provocaría un tsunami que zarandeará los barcos y lanzará a las personas a sus frías aguas, causando una tragedia como la del Titanic. Sin duda está loco de atar. Pero este "famoso" científico japonés sabe que el 9 de julio de 1958 un terremoto de 7,9º sacudió la falla de Fairweather y la bahía de Lituya, en Alaska, ocasionando un desprendimiento de ladera de 30 millones de metros cúbicos de roca y un mega-tsunami que milagrosamente acabó con la vida de solo dos personas. Loco, pero ilustrado.
Por extraño que parezca, hay gente que cree a estos idiotas. Una mente enferma o paranoide puede tejer historias muy bien articuladas --muchísimo mejores que esta, por supuesto-- que puden llegar a resultar creíbles para personas ajenas al conocimiento de los riesgos y de cómo estos se gestan. A veces incluso suena la flauta, y entonces todavía resulta más creíble. Pero no deja de ser una quiniela basada en eventos históricos anteriores y una buena dosis de creatividad, como la de Giuliani y sus emisiones de gas radón. Desconfíe siempre de estos visionarios, salvapatrias y demás "iluminados".
Volviendo al ejemplo de Tasuku, sus visiones me hablaban de un "gran terremoto" en la mitad occidental de Argentina, con epicentro en Puerto Alegre, provincia de La Rioja, que habría de ocurrir ese mismo día. "Veo la televisón" --insiste--, "encuentro en ella las señales". Pura paronoia... Lo cierto es que el 12 de abril de 1899 se produjo un terremoto de 6,4º de magnitud, que dejó importantes daños y un elevado número de víctimas en la ciudad de Jagüé, y otro el 7 de junio de 1977 de mucha menor intensidad, que apenas tuvo repercusión. Los locos están locos, pero no tienen por qué estar mal documentados. Como aquel día Tasuku parece que estaba en racha, aprovechó ese mismo correo para vaticinar también un tsunami en Norteamérica, concretamente en Yakutat, Alaska, que vendría provocado por un gran sismo localizado en el Océano Pacífico. A estas alturas creo que queda claro que se trata de una fantasía delirante, sobre todo cuando asegura que "puedo separar mi cuerpo multidimensional... lo sé todo". Obviamente, ninguna de las dos catástrofes tuvieron lugar.

No conforme con sus profecías iniciales, el pasado 14 de julio este Tasuku volvió a enviarme un segundo correo en el que terminaba de vaciar su mente paranoica. Comienza reiterando aquello de "veo la televisión y pronostico". A este "poder" visual lo llama "predicción por imagen". Pero confiesa que en su correo anterior erró las fechas de ocurrencia. "Le envié un correo anteriormente. Predije que los terremotos ocurrirían. Pero aún no ha sucedido. Entonces me equivoqué... No soy bueno acertando las fechas". Ahora cree que tanto el tsunami de Alaska como el terremoto de La Rioja ocurrirán en agosto o septiembre próximos. En el caso de Alaska, sitúa ahora el epicentro en la bahía de Alaska, lo cual provocaría un tsunami que zarandeará los barcos y lanzará a las personas a sus frías aguas, causando una tragedia como la del Titanic. Sin duda está loco de atar. Pero este "famoso" científico japonés sabe que el 9 de julio de 1958 un terremoto de 7,9º sacudió la falla de Fairweather y la bahía de Lituya, en Alaska, ocasionando un desprendimiento de ladera de 30 millones de metros cúbicos de roca y un mega-tsunami que milagrosamente acabó con la vida de solo dos personas. Loco, pero ilustrado.
Por extraño que parezca, hay gente que cree a estos idiotas. Una mente enferma o paranoide puede tejer historias muy bien articuladas --muchísimo mejores que esta, por supuesto-- que puden llegar a resultar creíbles para personas ajenas al conocimiento de los riesgos y de cómo estos se gestan. A veces incluso suena la flauta, y entonces todavía resulta más creíble. Pero no deja de ser una quiniela basada en eventos históricos anteriores y una buena dosis de creatividad, como la de Giuliani y sus emisiones de gas radón. Desconfíe siempre de estos visionarios, salvapatrias y demás "iluminados".
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